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El hotel la Reconquista, Oviedo, está ubicado en un palacio barroco del siglo XVIII, fue construido por orden del Rey Fernando VI y la obra la realizó Pedro Antonio Menéndez, un arquitecto entre el barroco y la ilustración. De belleza increíble, es donde se alojan las personalidades durante la entrega de los premios Príncipe de Asturias. También participó en su construcción el arquitecto Ventura Rodríguez.

A mediados del siglo XVIII arrecieron las voces críticas contra los supuestos excesos del barroco y se multiplicaron las voces favorables a un retorno a la arquitectura griega y romana. La discusión, iniciada en Francia al finalizar el tercer cuarto del siglo XVIII, con la querelle des anciens et des modernes, también halló eco en España, donde incluso resultó más explosiva, pues era innegable la sima existente entre la arquitectura civil borbónica, vinculada al clasicismo barroco de cuño francés e italiano, y el vivo estilo decorativo de los centros tradicionales del reino. Ciertos artistas españoles, que conocieron y supieron apreciar en las ciudades de Roma y París la función de las Academias, solicitaron ya en la primera mitas del siglo la creación en Madrid de una academia de Arte. En el año 1742 llegó la aprobación real de su creación la Academia de San Fernando. Dos arquitectos personifican esta arquitectura que lleva el sello de la Academia de San Fernando: Ventura Rodríguez y Juan de Villanueva. Ambos se encuentran en el punto de inflexión situado entre dos épocas: el absolutismo del barroco y el comienzo de la ilustración. Entre las funciones del Academia, que obviamente estaba profundamente comprometida con los intereses de la Corte, estaban la de promover el estudio científico de la arquitectura, la de hacer un inventario de los monumentos artístico y la de formar artistas. El control que la Academia o, si se prefiere, el rey ejercían sobre la producción artística llegaba al extremo de que –como disponía de un decreto- no podía iniciarse la construcción de un edificio público sin contar con el beneplácito de la Academia y nadie podía obtener el título de arquitecto o de maestro de obras sin haber superado un examen. En este contexto es fácil comprobar que el clasicismo defendido en general por las Academias, fuese la tendencia artística obligada. En España se añade un nuevo factor: el enlace con la interpretación más rígida de la Antigüedad, formulada a través de Vitrubio, Alberti y Vignola, se unía con la recepción de la arquitectura de Herrera y se incorporaba sin dificultad a un contexto nacional De este modo aparece doblemente legitimado el retorno a las formas de la arquitectura civil de la época de Felipe II, tal como se manifiesta en Aranjuez y en el Pardo durante el reinado de Fernando VI, al unir la herencia española con las tendencias modernas e internacionales de la arquitectura.
Corría el año 1854 cuando, en una exposición celebrada en Nueva York, Elisha Graves Otis presentaba ante la fascinada multitud su gran creación: el ascensor. De esta manera se daba el pistoletazo de salida para la construcción de edificios cada vez más altos.

Pero no fue sólo el invento de Otis lo que incitó a la construcción de rascacielos, sino que fue más bien la suma de varios factores, como el uso en la construcción del esqueleto de acero, los elevados precios que alcanzaban los solares y sorprendentemente, la competencia publicitaria, ya que muchas de estas construcciones no se hubieran podido llevar a cabo sin la rentabilidad que producía tener en ellas la sede de alguna poderosa compañía. En las primeras construcciones destacó la división tripartita de la fachada, distinguiéndose claramente la base, el centro y el remate. Como inspirados en los palacios renacentistas, estos primeros edificios se encontraban aislados y presentaban una extrema fijación por las proporciones y una expresiva claridad en los detalles de las molduras. Un ejemplo lo encontramos en el Bayard Building, de 1898, obra de Louis H. Sullivan, en el que los elementos verticales prevalecen marcadamente sobre la forma general. En 1902, el arquitecto Daniel Hudson Burham construyó el Flatiron Building, que, con veintiún pisos y ochenta y siete metros de altura se convirtió en el edificio más alto del mundo. Situado en un terreno triangular, formado por la intersección de la Quinta Avenida y Broadway, su forma de plancha le valió su actual nombre. La construcción combinaba las técnicas más modernas del momento con el estilo renacentista francés e italiano de la fachada. Posteriormente, con el incremento de la altura, los edificio se inspiraron en formas góticas, como si fueran torres-campanario, que se desmarcan del perfil de la ciudad. Uno de los edificios más destacados fue el Woolworth Building, construido en 1913 por Cass Gilbert. Esta torre recuerda a las catedrales góticas, con pináculos y gárgolas, e incluso se la conoce como la catedral del comercio. En su interior hay que destacar el grandioso vestíbulo, que presenta una altura de tres plantas, con un techo con cristaleras y bóveda cubierta de mosaicos dorados y grandes escaleras de mármol. Con sus cincuenta y siete plantas, el edificio alcanzó una altura de doscientos sesenta metros, manteniendo el título de rascacielos más alto hasta 1930. Fue el Chrysler Building, con setenta y siete pisos y trescientos diecinueve metros de altura, el que se adjudicó ese año el título de edificio más alto del mundo. Este gran símbolo Art-Decó fue construido por William van Allen. Sólo un año después, en 1931, el Empire State Building colocaba el listón en 391 m de altura, que con la antena de sesenta y dos metros, se convertía en cuatrocientos cuarenta y tres metros. Finalizado en plena crisis económica, costó muchísimo encontrar inquilinos para las oficinas, ocupándose en sus primeros años tan solo el 25 por ciento, lo que hizo que se adoptara el apodo de Empty State Building. Hoy es el centro económico de Manhattan y junto con la Estatua de la Libertad, el emblema de la ciudad.
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