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Adolf Loos
‘…Se puede medir el grado de civilizacion de un pais atendiendo a la cantidad de garabatos que aparezcan en las paredes de sus retretes.’
Adolf Loos en Ornamento y Delito (1908).
Nacido en 1870 en Brünn. Diseñador de objetos de las artes aplicadas y arquitecto austriaco. Tras haber seguido los cursos de la Escuela Técnica Superior de Dresde, Adolf Loos se trasladó a los Estados Unidos de Norteamérica, de 1893 a 1896 residió en Philadelphia, probando suerte en carios oficios, para regresar en 1896 a Viena donde trabajó como arquitecto. La publicación en la revista “Ver Sacrum”, en el verano de 1893, se su artículo “La ciudad de Potemkin” puso fin a sus buenas relaciones con los arquitectos de la Sezession vienesa. Su libro “Ornamento y Delito” en el año 1908, lo mostró como un enemigo total del ornamento y lo llevó al aislamiento.

En 1912 fundó una escuela de arquitectura que se cerró con la primera guerra mundial. Tras actuar como arquitecto jefe de los servicios de asentamiento de la ciudad de Viena, Loos se trasladó en 1923 a París, donde ejerció una gran influencia sobre la arquitectura francesa moderna, principalmente sobre Le Corbusier. En 1928 regresó a Viena y siguió defendiendo sus ideas de una cultura urbana cotidiana y objetiva, ideas que encontrarían reconocimiento en Walter Gropius y en el movimiento de la Bauhaus. Loos está considerado como el más importante pionero de la arquitectura moderna. Su edificios se señalan por su falta de ornamentos, su simplificación geométrica y su utilización de materiales dejados en su estado natural. Entre sus principales obras están el Café Museum, en Viena, La Villa Karma, en Clarens, Suiza, el Bar Kärnten en Viena, la casa de Tristan Tzara, en París, la cas Khuner, en Payerbach, Baja Austria y la casa Müller, en Praga. Loos publicó numerosos escritos teóricos, como el ya mencionado “Ornamento y delito”, “Palabras al vacío”, y “A pesar de todo”
… con los mayores honores debo saludaros, pues el mundo posee ciertamente muchos reyes, ¡pero sólo un Miguel Angel!…
Pietro Aretino

Miguel Angel, había mamado con la leche de la nodriza en Settignano el amor a la piedra, que se sentía nacido para la piedra y cuyas últimas obras, entre ellas el grandioso Torso para un altar, eran nuevamente de piedra, no se hubiera consagrado nunca a la pintura por propia iniciativa. Sólo con reticencia se dejó llevar a la pintura y su primer encargo en esa técnica fue la bóveda de la capilla Sixtina, llamada así por su constructor, el papa Sixto IV, se convertiría inmediatamente en una de las obras cumbre de la historia de la pintura. Y eso que Miguel Angel apenas había destacado anteriormente como pintor: había aprendido, sí, las técnicas pictóricas en el taller del maestro Ghirlandaio, pero más que el fresco y el óleo le interesaron las esculturas de la Antigüedad que se iban desenterrando paulatinamente en su tiempo y que fueron a engrasar las colecciones de los Médici, así como las obras de los escultores que se habían consagrado también a los ideales clásicos, por ejemplo Donatello. Ya su primera pintura, el TONTO DONI que representa a la Sagrada Familia, le proyectó en 1504 más allá de los límites de su nativa Florencia como un pintor cuyo lenguaje formal, cuyo trazo y , sobre todo, cuyas figuras humanas estaban marcadas por una visión hasta entonces desconocida. Musculosas y robustas aparecen las figuras, casi atléticas, y seguramente se entendió de inmediato que aquella era la obra de un artista que sabía como incorporar sin solución de continuidad el espíritu de la Antigüedad en los temas bíblicos cristianos. Cuando Miguel Angel fue llamado por el para Julio II a Roma en 1505, la fama que le antecedía no era debida a su actividad como pintor sino a la de escultor. Allí debía creas la tumba más importante hasta entonces creada para un papa. Pero ya tres años después, cuando apenas había terminado una parte, un arranque caprichoso del papa obligó al escultor a pintar la bóveda de la capilla Sextina. Pese a que un viejo rumor sugería que Bramante había intrigado contra Miguel Angel para poner en evidencia que el gran escultor no esta tan experimentado y sí menos hábil como pintor, esa afirmación pierde toda solidez cuando vemos que Miguel Angel inmortalizó a ese mismo Bramante en la digna figura del profeta Zacarías. El brusco cambio de opinión del papa puede verse justificado por el hecho de que la tumba, originalmente pensada par ala antigua Basílica de San Pedro, habría tenido que esperar por largo tiempo hasta ser erigida en la nueva basílica recién proyectada.
Las pinturas de la bóveda nos presentan hoy a un Miguel Angel que pintaba con colores fuertes y brillantes y no como algunos investigadores habían denominado con un “tono pétreo dominante del marco arquitectónico”, “tonalidad cromática oscura” o de una “poética de la puesta del sol”.







